Karma
La calle está casi
desierta, respiro de alivio al comprobar que puedo pasear tranquilamente sin
tener que hablar con algún estúpido vecino de los que siempre me encuentro
cuando salgo a estirar mis esqueléticas alas.
Contemplo cada roca que
se encuentro en mi camino. A medida que avanzo más hacia el centro del infierno
estas están más y más calientes y todo se va llenando un poco más del ligero
humo que estás emiten.
Veo a otro demonio y sin
dudarlo me meto en otro callejón para no tener que hablarle. Sigo concentrada
en mis pensamientos “¿Volveré a alguna guerra?”, “¿Le diré a mi padre que he
ido a luchar?”, “¿Qué me diferencia de los otros demonios para no poder
entrenar con ellos en la escuela?”.
Unos graves ladridos me
quitan de mis pensamientos a los que no le pude dar una respuesta válida. Al
mirar hacia atrás, veo como un enorme perro de tres cabezas se dirige hacía a
mí de manera muy veloz y con escasa intención de detenerse.
Sin duda alguno, era
Cancerbero, el perro que vigila las puertas del infierno. “¿Qué hace caminando
por estas calles y no en su lugar habitual?”. Al ver que se detiene a mi lado,
me ha dado la única respuesta mis preguntas.
Una de sus cabezas dejó
caer una especie de carta a mis pies, y después se marchó por el mismo lugar
por el que había venido, pero esta vez ya en silencio y con un paso mucho más
relajado.
Al mirar la carta, veo
que tiene mi nombre escrito en la parte exterior del sobre. La recojo y al
abrirla empiezo a leer el mensaje que contenía:
“Reúnete
conmigo y con el Señor de las Tinieblas, es importante. No hables con nadie y
no te entretengas por el camino.”
Al final, se podía
observar la ilegible firma de mi padre. Y tras un corto momento de sorpresa
ante tan extraña invitación, me dirijo al lugar de la reunión.
Christopher
Me dirijo a unas mesas de
piedra que hay junto a un río que casi nadie va a visitar, porque necesito
tranquilidad. El camino es bastante tranquilo, solo me he detenido a hablar con
dos ángeles que iban a llevar a su pequeño al parque.
El agua corre sin detenerse,
al igual que los peces que viven en ella, que subían y bajaban por el agua
mientras que esquivaban con una gran habilidad las piedras que se ponían en su
camino.
¡Eso es lo que yo debo
hacer! No tengo que quedarme mirando para la piedra que no me deja avanzar,
tengo que ser capaz de rodearla, ya que no se va a mover de ahí por más que yo
lo desee con toda mi alma. – le digo a un pequeño pájaro que se ha posado a mi
lado.
Cuando lo observo mejor,
me fijo que no era un pájaro cualquiera, sino una de las blancas palomas que
utilizamos para comunicarnos en el cielo. Y, en efecto, esta traía su carta en
el pico. Ella me mira fijamente y deja caer el sobre en mi mano.
Al recogerla, observo que
tiene mi nombre escrito en letras doradas, además de tener el sello oficial de
San Pedro plasmada en ella. Sin duda, debe de ser algo importante. Pero, antes
de abrir la carta, meto la mano en el bolsillo y le doy un poco de comida a la
paloma.
Mientras observaba como
picoteaba las migas de pan que le ofrecí, no recordaba el sobre que tenía entre
mis largos y blancos dedos. Solo cuando está alzó el vuelo, la curiosidad se
apoderó de mi cuerpo y decidí ver el contenido del sobre:
“Christopher te necesitamos, reúnete
conmigo en el sitio de siempre. Es urgente, por favor, no te demores mucho.
Ante tal petición no me
puedo resistir, y sin darme tiempo a meter la carta de nuevo en su sobre, abro
las alas y emprendo mi vuelo. Ya que eso me permitirá llegar mucho antes que
caminando.