-Quiero viajar, quiero llegar hasta la Luna y mirar su
lado oculto, ver como el Sol no se ha marchado para abandonarnos. Y estar en
compañía de las otras estrellas.
-Vale, te llevaré a la Luna, seré como tu Peter Pan.
Iremos a Nunca Jamás y seremos dos niños perdidos más.
-¿Y luego qué haremos?
-Iremos de planeta en planeta en busca del que tenga una
rosa y tres volcanes, para acabar en una escuela de magia y con tres soles
reluciendo en el cielo.
-¿Haremos todo eso?
-Eso y más, te lo prometo.
-¿Y cuándo lo haremos?
-Ni Sherlock Holmes tiene la respuesta a esa pregunta.
Ella sonrío y cerró los ojos, estaba dispuesta a que
todas esas cosas se le hiciesen reales aunque solo fuese en su cabeza, en sus
sueños. No importaba, porque todas esas palabras le hicieron dormir con una
gran sonrisa.
Él en silencio la observó, sabía que no podía llevarla a
la Luna, pero sí que sabía qué hacer para que la Luna bajase hasta dónde está
ella, sabía cómo ser dos niños perdidos más. Y le iba a hacer realidad esas
locuras.
A la mañana siguiente, ella se fue a su clase de artes,
le encantaba todo lo que aprendía. Ella pensaba que allí más que estudiar lo
que hacía era vivir, disfruta con cada pincelada que daba, con cada escultura
que hacía o con cada nuevo pintor que les enseñaban.
Las clases terminaron. Ese día hablaron sobre William
Turner, también conocido como “El pintor de la luz”. A ella le despertó algo en
su interior, le encantaba como captaba las cosas, cada pincelada que había
sobre ese lienzo.
Al salir la estaba esperando, como todos los días. Ella
subió al coche muy emocionada y no paraba de hablar, le contó todo lo que había
aprendido en aquellas clases. Todas las ideas que se despertaron en su mente.
Por eso, tardó en darse cuenta de que se habían pasado su casa hace mucho
tiempo.
-¿A dónde nos vamos?
-Lo descubrirás dentro de poco.
-¡Pero no sé cuánto es ese poco!
-Pues yo no te lo voy a decir, lo vas a tener que
adivinar.
Ella se hizo la enfada, le miraba de reojo y veía su
sonrisa de autosuficiencia, tan perfecta, que tenía que dejar de mirarlo para
no empezar a sonreír ella y que su enfado no se notase.
-As ganado este asalto, pero no la guerra, borra esa
sonrisa- pensaba para sus adentros.
Ahora, era él quién la miraba. Le encantaba verla cuando
se hacía la enfadada, porque se le formaba una bonita arruga en el entrecejo.
Lentamente, le puso su mano sobre la pierna y se la empezó a acariciar. Ella se
la cogió y se la acercó a sus labios. Ya no había rastro de la diminuta arruga.
-¿Qué es ese olor?
-Venga Sherlock, tú puedes saberlo.
-¿Es el mar? ¡Sí, es el mar!
-Elemental querido Watson.
-¿Pero hace un segundo no era Sherlock?
-Tú eres todo lo que quieras ser, Wendy
-¿Por qué Wendy? ¿Acaso eres Peter Pan?
-Sí, y estás en este coche para ir a Nunca Jamás, tal
como te prometí.
Ella no dijo nada, solo podía mirarlo y sonreír. Estas
tonterías solo las puede hacer él, y le encantaba eso. Sí, estaba dispuesta a
no envejecer nunca si es a su lado.
El viaje se hizo bastante ameno, y el paisaje era
precioso. Ya se podía ver el mar desde la lejanía, y unas pequeñas gaviotas
revoloteando en lo más lejano, aunque cada vez se estaban acercando más y más.
Llegaron a un pequeño embarcadero y dejaron allí el
coche. Él abrió el maletero y empezó a sacar neveras, toallas… Y lo empezó a
cargar todo en un barco que estaba amarrado.
-Seamos malos, vayamos a dar un paseo en el barco del
Capitán Garfio ahora que no está. Venga Wendy, sin miedo.
Ella sonrió y se introdujo dentro del pequeño barco,
detrás de ella se metió él y el barco empezó a navegar por encima de las
calmadas olas de aquel mar. Los dos se relajaron mientras el capitán los
llevaba hacía una pequeña isla
-¿Ya estamos llegando a Nunca Jamás?
-Si señorita, vas a ser una niña perdida más. A ver si
eres capaz de ver a campanilla- le dijo el capitán siguiéndole el rollo.
-¿Y va a haber tres soles en el cielo?
-Umm…- él se quedó mirando al pequeño Peter Pan.
-Claro que sí, los tres soles van a estar hoy en el
cielo. Y en uno de ellos vas a poder ver una serpiente alada.-Le dijo ayudando
al capitán.
Frenaron en la orilla, y bajaron los dos. No había nadie
en aquella isla apartada de toda civilización posible, ¡Por eso decía lo de
niña perdida! Pero era incapaz de ver por qué decía lo de los tres
soles y de la serpiente alada.
-A lo mejor solo lo dijo por cumplir, para que me creyese
que puede hacer todas mis fantasías realidad. Aunque él es todo lo que sueño.-
pensaba ella.
-Venga, relájate. Que aquí no va a haber ningún cocodrilo
que quiera comerte las manos. Como mucho hay algún que otro tiburón.
-¿Ti-ti-burones? Estás de bromas, ¿no?
-No, aquí hay muchos tiburones. La película de tiburón se
ha inspirado en esta pequeña playa.- Le dijo muy serio.
-Señor, dime que está de bromas- le dijo suplicando al
capitán de barco que le dijese que no había tiburones.
-La verdad, es que se han visto algún que otro tiburón
hace algún par de años. Pero lo de la película… Ya es mucho exagerar- dice con
una gran carcajada.
Ella miró al agua con miedo, le encantaba el olor a mar,
ver el movimiento de las olas y todas las maravillosas historias que hay sobre
el, todos los cuadros que exaltan su belleza y su grandeza. Pero ahora, solo
puede ver aletas por todas partes.
Nunca le gustaron las criaturas que el mar oculta, y
menos los que tienen grandes dientes y que sean capaces de devorarla entera en
menos tiempo del que tardarían en ir a rescatarla.
-¿Nos metemos entonces?
-¡No! Ni loca, yo esa agua no la voy a tocar.
-Vale, quédate en la orilla mientras yo voy a nadar.
El corrió y se tiró de cabeza al mar, de pronto empezó a
gritar mientras se iba hundiendo. Las olas ya empezaban a cubrirle la cabeza.
Sin dudarlo un momento, ella se lanzó completamente vestida a salvarle.
-¡No te acerques, que es un tiburón!
De pronto, se sumergió completamente, sin dudarlo más,
nadó lo más rápido posible en dirección al último sitio dónde lo vio. Pero allí
ya no había nadie, ni nada. De pronto, algo la ataca por la espalda.
-¡Aaaaaaah!- gritó a pleno pulmón.
Detrás de ella sale él riéndose a carcajadas mientras la
coge y la acerca a su cuerpo. Le da un gran beso pero ella le aparta de un gran
empujón.
-Déjame en paz. No me toques, esta vez ya te has pasado.
Él se quedó petrificado, mirando como ella salía a la
orilla y se escurría el pelo; un montón de agua empezó a caer. Estas gotas se
juntaron junto a todas las otras que la caían de la ropa.
-No te enfades, solo era para que superases el miedo.-Dijo
mientras nadaba a la orilla.
-Pues no ha funcionado.
-Yo creo que sí que lo ha hecho.
-¿Y por qué crees eso? Si se puede saber…-Dijo ella con
los ojos en llamas.
-Porque aunque yo te haya dicho que había un tiburón en
el agua te has metido igual, eso quiere decir que no te importaba tanto el
tiburón y que no le temes tanto.
-¿O tal vez quiere decir que te quiero a ti más, y que
solo en ese momento lo puedo soportar?- Dijo mientras se iba acercando a donde
estaba él y lo abrazó con mucha fuerza.
Él le devolvió el abrazo, mientras le indicaba que debían
de subir al barco de nuevo. Este se puso en marcha, y empezaron a ir a otras
isla, por el camino vieron tres islas con una montaña respectivamente, aunque
parecían grandes volcanes.
-Bueno, ahora es cuando estamos en nuestro cambio de
planeta en busca del que tenga tres volcanes y una rosa, eses son los tres
volcanes, pero ¿Y la rosa?- Le preguntó él como si la estuviese buscando por
las orillas.
-Creo que nos hemos equivocado de planeta entonces, o
puede que finalmente el cordero se escapase de la caja y la comió.- Dijo
mientras buscaba con todo su ahínco una señal de vida de aquella flor, que, sin
duda, allí no estaría.
Justo cuando se giró para ver si él la había visto, la
encontró. La tenía entre sus manos,
mientras estaba de rodillas con una gran sonrisa en la cara. Luego se levantó y
se la entregó con mucho cuidado para que no se pinchase.
-Parémonos en aquella isla de allí, que es dónde está el
único volcán inactivo de este planeta. Que ya va siendo hora de comer.
Bajaron y empezaron a comer unos sándwiches fríos que él
había metido en la nevera que llevaban, y lo acompañaban con un refrescante
zumo de naranja. Era todo lo que comían desde el almuerzo y eso que ya estaban
a media tarde.
-Tu planeta es precioso, Principito.
Él la miró en silencio, le encantaba la sonrisa que tenía
en la cara. Le estaba gustando toda aquella aventura en la que se habían
embarcado, se lo notaba. Pero lo mayor sorpresa de todas, los estaba esperando al
final del largo viaje por esas maravillosas islas.
-Señor, puede venir aquí un momento- le dijo el capitán
del barco.
Él se acercó lo más rápido posible.
-¿Qué sucede?
-Verá, me temo que tenemos que ir ya a la siguiente isla,
para llegar a la hora programada.
-Ah, vale, entiendo.- le dijo él.
La llamó y casi al momento ella ya estaba a su lado, le
dijo que se tenían que ir ya de aquel planeta, que era hora de la limpieza de
los volcanes y que tenían que empezar a arrancar los baobabs mientras aún eran
pequeños.
En la siguiente isla en la que pararon, él le dijo que
esperase en el barco. Pasados unos cinco minutos, el capitán le mandó que se
bajase del barco, que la estaba esperando.
-Por cierto, vas a encontrar un paquete en la orilla.
Ponte lo que haya dentro y que tengas mucha suerte.- le dijo con una gran
sonrisa.
Ella se quedó un poco petrificada, ¿Qué sorpresa le
tendrá hora preparada? ¿Qué habrá dentro del paquete? ¿Qué fantasía absurda me
va a hacer realidad?
Cogió el paquete, estaba perfectamente cerrado. Al
abrirlo se encontró con una larga tela, una carta y lo que parecía ser una
varita. Al final, resultó que aquel montón de tela, era una maravillosa capa
con el logo de Slytherin bordado.
La carta decía lo siguiente:
“Mi pequeña Bellatrix Lestrange, estás a punto de vivir una gran batalla contra el
hombre que tanto te has alegrado de haber matado.
Pd:
He recuperado mi varita, la que tenías escondida en mi cuarto, pero a cambio,
te he traído la tuya. Toda para ti.
Atte.
Sirius Black”
-Por lo visto, esta va a ser la escuela de magia a la que
voy a asistir. Que se prepare, que tiene todas las de perder ese sangre sucia- pensó para ella.
De pronto, él apareció detrás de uno de los múltiples
árboles que allí había. Y la batalla dio comienzo. Eran dos jóvenes enamorados
corriendo por una isla lanzando hechizos, sin darse cuenta de que el mayor
hechizo que allí había era la del amor que los juntó.
-¡Qué divina pareja!- pensaba el capitán del barco,
mientras veía aquella maravillosa escena desde el barco.
Las horas fueron pasando muy veloces, finalmente se
escuchó que de la boca de ella salió la maldición de la muerte y el juego se
acabó. Él se desplomó al suelo con mucha elegancia y ella corrió para revivirlo
con un gran beso en los labios.
Subieron de nuevo al maravilloso barco que los estaba
llevando a cumplir cada una de sus pequeñas fantasías. Y se dirigieron a la
última isla. Se sentaron a ver la puesta de sol pero delante tenían unos
inmensos árboles que les tapaban las vistas y lo fracturaban en tres partes.
-Aquí ya tienes los tres soles que te había prometido.
Y en el momento empezaron a salir fuegos artificiales,
uno de ellos, ascendía como una majestuosa serpiente.
-Y aquí tengo mi serpiente alada- le dijo mientras
apoyaba la cabeza sobre su hombro izquierdo.
Después de eso, emprendieron el viaje de regreso a casa. Con
las estrella iluminando y una enorme Luna llena en el medio.
-Solo me queda hacer una cosa.
-¿Qué cosa?
-Decirte dónde se esconde el Sol cuando aparece la Luna,
pues tú no lo puedes ver, pero yo sí.
-¿Y por qué yo no lo pedo ver?
-Porque se oculta en tu sonrisa.
Ella se sonrojó y mostró una de sus mejores sonrisas. Al
llegar de nuevo al coche se despidieron del capitán e iniciaron su viaje de
regreso a casa.
El viaje estaba siendo muy oscuro, se empezaba a notar
muy cansada, con ganas de cerrar los ojos y no volver a abrirlos jamás. Pero
esta sensación se le quitó de golpe al llegar a casa.
De pronto, se empiezan a escuchar unas voces:
-Ya ha vuelto, no vuelvan a cargar.