Y allí estaba yo, frente a él, con esos enormes ojos azules
mirándome, y pensar que hace tan solo unos meses que comenzamos a hablar me
resulta algo increíble y a la vez fascinante, porque en ese momento me di
cuenta de cómo cambió todo.
La primera vez que le vi, me acerqué a hablarle, me miró con
esos ojos azules, que me transmitían frío, desconfianza, amargura,
impasibilidad y mucho dolor escondido en su interior. En el momento en que le
dije "hola" todo se confirmó, es increíble como los ojos nos pueden
contar más que las simples palabras.
Los días pasaban, pero las conversaciones no eran muy
grandes, solo me hablaba para pedirme algo o si tenía alguna duda, pero yo,
intrigada por lo que escondían aquellos ojos me lancé y le preguntaba muchas
cosas.
Al principio solo respondía con monosílabos, pero cuanto más
avanzaban los días, ya empezaba a hacer frases y alguna que otra pregunta,
lentamente sus ojos parecían menos fríos pero aún faltaba un largo tramo que
recorrer.
Después de cuatro semanas hablando nos dimos el número, en
ese momento lo que habíamos creado se hizo más fuerte y empezamos a hablar cada
vez hasta más tarde, era algo especial; llegó un momento en que un día sin
hablarle, era como un día perdido.
Llegó un día en que al verle otra vez los ojos ya no había
desconfianza y lentamente el frío que sentía al mirarlo se fue, para
transformarse en algo cálido, en algo que me calentaba el alma y lo más
profundo de mi corazón.
Y hoy, me di cuenta que él iceberg de sus ojos, se derritió
por completo, lo supe porque de sus ojos salía agua, un agua muy fría que
llevaba mucho tiempo congelado, provocando que estuviese en continua tristeza.
Pero en calor de mis palabras lo descongelo, haciendo que,
por primera vez en su vida, pudiese expresar todo el dolor que tenía, sin tener
que ocultárselo al mundo, al frío y cruel mundo, que hizo de aquellos ojos, el
más frío de los icebergs.
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